Y yo no quiero volver…
Desde hace ya mucho tiempo mi vida es como la canción de Los Piratas. O al menos lo que yo interpreto de la historia que pretende contarnos. No salgo nunca de mi casa. O casi nunca. Una vez a la semana, Merche viene cargada de bolsas del súper: limpia, me cocina para varios días y se marcha. Y ya está. Merche es todo mi contacto con el mundo. Por lo demás,
plastilina con color,
vida interior,
recuerdos de ahí afuera….
Y yo no quiero volver….
Porque yo tampoco quiero volver. Me lo plantearía, quizás, si tú llamaras. Pero sé que no lo vas a hacer. Nunca. Porque ya nada tiene remedio. Yo mismo firmé mi propia sentencia hace ya muchos años. Una sentencia firme e irrevocable. Concretamente a finales de los 80. Los 80…. Salvo por mi portátil intel core i5 de rauda conexión a internet, procuro vivir detenido en el tiempo. Y sí, sé que matrix está cambiando -y mucho-, pese a mi eterno y artificial déjà vu.
Será
como aquella canción de los años ochenta,
seré
como el tipo que algún día fui…
Mi casa es como un museo en la que expongo, para mí mismo, todas mis colecciones. Mis paredes están decoradas con posters y cuadros de los años 80. Mis vitrinas llenas de espectaculares madel mans, airgamboys, clics de famobil y muñecos enormes de las primeras películas de star wars. Todavía me funciona una vieja consola Atari con la que paso mis horas muertas jugando al Space Ivaders. Y todavía, a veces, me dejo seducir por los misterios del Cubo Rubik. Deposito la ceniza de mis cigarros en un amarillo y desgastado cenicero de KAS que robé alguna vez de un bar o de alguna terraza del Retiro -no lo recuerdo bien- Me despierto todo los días con un viejo reloj transformer con alarma incorporada que tengo en mi mesilla de noche. Conservo como mi mayor tesoro una colección de discos de vinilo, casetes y comics de entonces. Y los escucho. Una y otra vez. Y los leo. Una y otra vez. Sin tregua. Y a veces, consigo ensimismarme en un recuerdo tan intenso que siento que estoy allí, que el tiempo no ha pasado -o que he conseguido volver atrás-. Y vuelvo a ser como el tipo que algún día fui.
En el edificio de enfrente, un grupo de personas esperaba junto a la puerta. Se abrió de pronto. Fueron entrando junto a Damián, Nico y tú, que os habíais unido a ellos. La puerta volvió a cerrarse: desde donde estaba, pude escuchar el leve murmullo de un buen número de pestillos y cerraduras. Martín se quedó de pie, cerca de ella. Poco rato después, os vi emerger sobre el tejado, saliendo todo el grupo de una especie de trampilla, al tiempo que otros tantos más se agrupaban alrededor del edificio. Algunos de ellos sacaron una pancarta donde podía leerse <<¡Riaño vivo!>> Asimismo, vi a un pequeño grupo con libretas, bolígrafos y cámaras de fotos que parecían ser de la prensa. Entonces lo tuve claro: seguramente querían echar abajo aquella casa y toda esa gente se había reunido allí para intentar impedirlo. Se trataría, sin duda alguna, de la famosa práctica de <<los tejadistas>>, que tanto proliferó durante la defensa de Riaño y que ya se había manifestado, escasos días antes, durante los primeros derribos.
Al rato, vimos llegar maquinaria rodada y unos cuantos furgones de la guardia civil. De ellos, salieron un montón de agentes que se dirigieron a la casa. Martín se acercó al grupo, interponiéndose con los brazos en cruz, y uno de ellos le apartó con un brutal empujón que le tiró al suelo. La gente les gritó asesinos y muchos intentaron impedirles entrar: se abrieron paso a porrazos. Seguidamente, echaron abajo la puerta. Al rato, sacaron por la fuerza a una mujer de mediana edad que gritaba desesperada, al tiempo que los demás continuaban insultándoles.
- ¡De qué nos sirve tener razón! ¡De qué nos sirve si no tenemos la fuerza!...