UN MUNDO DE CICATRICES: FRAGMENTOS

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La Tertulia

Como dice la vieja canción, “aunque cien años llegase a vivir…”,  nunca olvidaría la TERTULIA CULTURAL Y LITERARIA DE JÓVENES LIBREPENSADORES UNIVERSITARIOS: el humo denso de tabaco flotando sobre todos nosotros como una neblina persistente, las frases memorables, el regusto a café y a cigarrillos, las discusiones apasionadas, aquellas conversaciones, elevadas, profundas y tan llenas de términos abstractos, que a veces se me escapaba su sentido… pero daba igual, yo acudía allí, sin falta, viernes tras viernes. A veces, nos reuníamos en el céntrico Café París, pero la mayoría de las ocasiones en el decadente y bohemio Bar Marsella, situado el barrio del Raval, donde, al fondo, había un amplio rincón que parecía reservado para nosotros y donde, juntando varias mesas, podíamos caber todos, pues el número de miembros de la tertulia no paraba de crecer.

Cuando empecé a acudir habitualmente era una chica de tan solo 19 años que cursaba Filosofía y Letras en la universidad de Barcelona. Estábamos a comienzos de 1966 y Franco dirigía el país con mano de hierro. De hecho, cuando le dije a mi padre donde iba todos los viernes por la tarde, se asustó un poco – yo creo que por el adjetivo “librepensadores”, no por otra cosa – y me preguntó si aquello no sería una célula clandestina del Partido Comunista. Y que por favor tuviera mucho cuidado. Y que no me metiera en líos...


La isla de cristal

Se escucharon dos golpes en la puerta rápidos, firmes, inquietantes. Eran ellos. Estaba seguro. Y venían a matarle. ¿Para qué mirar por la rendija y distinguir, entre otros, los inconfundibles ojos de Alberto observándole con odio tras la oscura silueta de un pasamontañas?... Eso suponía tiempo que perdería irremediablemente para él, para su salvación, que tal vez todavía era posible, para regalárselo estúpidamente a ellos, a sus verdugos.

Sin querer mirar atrás, subió las escaleras: estaba aterrado y quería avanzar deprisa, salir de allí cuanto antes, pero como en sus peores pesadillas, cuanto más le impulsaba el deseo de correr, menos sentía que avanzaban sus piernas. Entró por la trampilla y llegó al tejado. Desde allí se divisaba casi todo el pueblo, suavemente iluminado por el sol del nuevo día. De frente, coronando un paisaje de tejas rojas y brillantes, se alzaban las cúpulas de las iglesias y las torres de los campanarios y, al otro lado, a su izquierda, se oía la respiración del mar. El mar, su único y casi constante compañero durante aquellos últimos cinco días en los que había tratado sin conseguirlo, de volver a soñar... O no, ¡quién sabe! Tal vez era sólo eso lo que hacía ahora, tal vez era eso lo único que había logrado hacer en todo aquel tiempo, ya que el rostro de los sueños no excluye la máscara de las pesadillas...


Años 80

Mi casa es como un museo en la que expongo, para mí mismo, todas mis colecciones. Mis paredes están decoradas con posters y cuadros de los años 80. Mis vitrinas llenas de espectaculares madel mans, airgamboys, clics de famobil y muñecos enormes de las primeras películas de star wars. Todavía me funciona una vieja consola Atari con la que paso mis horas muertas jugando al Space Ivaders. Y todavía, a veces, me dejo seducir por los misterios del Cubo Rubik. Deposito la ceniza de mis cigarros en un amarillo y desgastado cenicero de KAS que robé alguna vez de un bar o de alguna terraza del Retiro -no lo recuerdo bien- Me despierto todo los días con un viejo reloj transformer con alarma incorporada que tengo en mi mesilla de noche. Conservo como mi mayor tesoro una colección de discos de vinilo, casetes y comics de entonces. Y los escucho. Una y otra vez. Y los leo. Una y otra vez. Sin tregua. Y a veces, consigo ensimismarme en un recuerdo tan intenso que siento que estoy allí, que el tiempo no ha pasado -o que he conseguido volver atrás-. Y vuelvo a ser como el tipo que algún día fui...


El diablo en el espejo

No me preguntes quién fue, no sé si Joaquín, Safías o algún otro, pero alguien propuso contar historias de terror, pues aquel siniestro ambiente parecía pedirlo a gritos. La idea emocionó profundamente a Alexis que les animó todo lo que pudo y más, pues era un convencido ateo racionalista y le encantaba reírse de todas esas cosas. De este modo, se fueron sucediendo los relatos de fantasmas, vampiros y zombis en medio del frío, la oscuridad y aquel tenebroso silencio, de forma que a muchos les entró el mal rollo. Cada vez que alguien decía que se marchaba porque al día siguiente tenía que estudiar, una comida con la familia o cualquier otra excusa, Alexis sonreía maliciosamente.

Al final, solo quedamos nosotros cuatro, Joaquín y Safías. Fue entonces cuando le llegó el turno al diablo, Satán, Belcebú o como queramos llamarle. Safías comentó que conocía una forma de verle tras de un espejo, aunque, desde un primer momento, nos advirtió de que ni lo intentáramos, ya que la sola visión del Maligno nos haría enloquecer.

—En Nochebuena, justamente a las doce, el diablo hace una inspección en la tierra, la única en el año, por lo que tiene que ser ese mismo día a esa misma hora. El rito consiste en situarse delante de un espejo, poner doce velas negras en el suelo formando un triángulo, encenderlas y, cuando falte poco para que suenen las campanadas de la medianoche, cerrar los ojos y mantenerlos así hasta que quede solo una campanada de las doce que deben sonar. En ese segundo, si abres los ojos, verás al Diablo en el espejo...


Los guantes

Un espacioso y elegante coche, con chofer y todo, les condujo hasta una aún más elegante mansión donde cenó de lujo, como hacía años que no lo hacía.

- Estaba todo espectacular, don Francisco, ¿Cómo podré agradecérselo?

- Muy sencillo: aceptando un trabajo.

Los ojos de Alejandro se iluminaron de felicidad: ¡al fin alguien le ofrecía trabajo!

- Supongo que sabe quién es Alonso Fonseca...

¿Cómo no saberlo? El mafioso más famoso y temido del país. Un hombre cuya fortuna personal era mayor que el PIB de varios países africanos juntos y cuyo poder, gracias al soborno de políticos corruptos, era más grande que el del mismísimo presidente del gobierno. El rey europeo del narcotráfico y de la trata de mujeres. Y, sin embargo, ningún fiscal había logrado encerrarle por sus turbios negocios. Diez veces había sido juzgado y todas había salido indemne. 

- Estoy reclutando nuevos profesionales para él.

- ¿A qué se refiere exactamente con la palabra “profesional”? – preguntó Alejandro algo mosqueado, intuyendo la desilusión que no tardaría en producirse.

- Iré al grano: busco sicarios, gente que asesine para Alonso.

- ¡Está usted loco! - respondió ciego de indignación – ¿Y qué le ha hecho pensar que yo…? ¿Quién se ha creído que soy? ¿Por quién me toma? Me siento insultado con su propuesta. No aguando un minuto más en esta casa. ¡Me largo!

- Deme un minuto, por favor – dijo Francisco manteniendo la calma – Es lo menos que le puedo pedir a cambio de una cena de casi doscientos euros, ¿no cree?

Alejando asintió y permaneció sentado, aunque sin mudar un ápice su expresión de enfado y disgusto.

- Piénselo bien. Alonso paga estupendamente: treinta mil euros por fiambre. ¿Qué empresario de este país podría pagarle mejor por unas horas de trabajo? Además, usted serviría muy bien para el puesto: he estudiado los videos de sus combates. Es usted fuerte, valiente, decidido. Llevo muchos años en esto y le aseguro que tiene todo lo que se puede pedir a un profesional del asesinato de pago. Y no se preocupe por la policía: le aseguro que no irá a la cárcel. Alonso sabe cuidar muy bien de su gente.

Justo en ese momento, se oyó un brutal estruendo en la calle que, aunque por un momento pareció una bomba, fue solo un impetuoso golpe de viento que arqueó hasta la extenuación los árboles de las aceras: la “ciclogénesis explosiva” anunciada a voces por todos los partes meteorológicos para esa noche, había llegado a Madrid. Sin esperar la respuesta de Alejandro,  Francisco se levantó parsimoniosamente y se acercó con curiosidad a la ventana: caía una colosal tormenta de nieve cuyos copos incontables giraban en un torbellino violento de aire furioso que parecía gemir con desesperados aullidos...


Café Lyon


Sin decir palabra, el hombre deja atrás el vehículo destrozado y el par de cadáveres situado a pocos metros y sale a la carretera. El enfermero vuelve a tapar los rostros que quedan otra vez totalmente cubiertos por la sábana blanca, impoluta. El hombre vuelve a mirar: de lejos, frente al asfalto, parecen dos regueros de nieve que sobreviven a la primavera. Solitarios. Tristes. Y detrás, el campo inmenso y plagado de encinares. Y más allá las montañas violetas, recortándose contra el cielo del amanecer, todavía pálido, que intensifica su azul lentamente. El hombre busca en el interior de su gabardina e intenta encender un cigarrillo: el pulso le tiembla cuando acerca la llama. Ruido leve de pasos aproximándose a él.

- Disculpe… -dice tímidamente el policía – Me hago cargo de la situación, pero necesito que identifique los cadáveres. ¿Son ellas?

Una lágrima rueda por su mejilla. Irrumpe el graznido de un ave, como el quejido desgarrado de su propia alma muda. Y al fin surge la voz: temblorosa, apesadumbrada.

- Sí.


Nuestra casa está en llamas

Nuestra casa está en llamas. He venido a decir que nuestra casa está en llamas…

La voz de Greta Thunberg seguía resonando en su cabeza aquella mañana muy a pesar de la determinación con la que se había levantado y al poderoso convencimiento que otorga una noche sin dormir en la que las cosas se meditan meticulosamente y en la que, con la primera luz del nuevo día, ya sabemos perfectamente lo que queremos - o al menos eso nos parece- .

- Berta, ¿te falta mucho?

- No, ya voy papá.

Según el IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), estamos a menos de 12 años de no poder deshacer nuestros errores. Para ese entonces, deben haberse producido cambios sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad, incluida una reducción de nuestras emisiones de CO2 en al menos un 50%. Sí, estamos fallando, pero todavía hay tiempo para cambiar todo. Todavía podemos arreglar esto. Todavía tenemos todo en nuestras propias manos…

Volvía a escuchar en su mente el parlamento de la muchacha como una especie de voz de su conciencia: los fragmentos dispersos de sus discursos en Davos y en la Cumbre del Clima de Katowice, que, casi sin quererlo, se había aprendido de memoria. Y volvió a dudar por un momento… pero no: la difícil decisión ya estaba tomada. No podía echarse atrás.

Se había vestido como la “niña buena” que era hasta hacía apenas unos meses. Escribió un wasap a Daniel. “No te preocupes. Ya he decido. Me quedo contigo. Te quiero más que a nada y a nadie”. Reunió sus apuntes por si, en el trayecto en coche o justo antes de la llegada del profesor, le daba tiempo a repasar un poco. Pero era fácil. Lo sacaría si dificultad y probablemente con nota. Lo cierto es que el examen era, en aquel momento, el menor de sus problemas.

Al salir de la casa unifamiliar, su padre ya la esperaba fuera con el motor del coche en marcha. Al verla aparecer con su carpeta contra el pecho y todo dispuesto para acudir a clase, esbozó una sutil sonrisa de triunfo. Un sol cegador resplandecía en el cielo, como cada día sin excepción en ese tórrido y monótono invierno de 2019...


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